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del conocimiento, con el objeto de
enriquecer la profesión y profundizar
las experiencias contributivas a la
dinámica de los desempeños.
Por esta razón, la mayoría de las
disciplinas, han establecido un Código
de Ética para regular su ejercicio y
guiar a los profesionales en el
comportamiento de su trabajo diario a
través de normas, las cuales sin ser
coercitivas, son de cumplimiento
obligatorio, con el objeto de mantener
una línea de comportamiento
uniforme, y formar la estructura de una
práctica profesional responsable. Si
bien cada profesión tiene sus
particulares normas para su ejercicio,
tienen en común algunos principios,
los cuales hacen mención a la
autonomía, el respeto, la
responsabilidad, el deber de no
causar daño, el estudio, su
actualización entre otros, en función
de maximizar los beneficios, así como
minimizar los riesgos de acción,
dirigidos hacia la realización de los
fines de justicia, y equidad.
De esta manera, el reto del
ejercicio profesional, debe ir de la
mano con una visión sistémica, en la
toma de decisiones éticas. Esta
cosmovisión comporta entre otros
aspectos, una incansable búsqueda
de la acción correcta, por ello, la
excelencia debe entonces, guiar cada
actuación y paso de los diversos
profesionales quienes desempeñan su
rol dentro de las organizaciones. A
ellos corresponde un infatigable deber
de actualizarse en su disciplina e
integrar sus conocimientos desde una
mirada amplia y orientarse, al estilo
kantiano, al contemplar la humanidad
como el fin de toda de actuación. En
virtud de ello, resulta poco afortunado
la práctica de algunas empresas,
según refiere Daft (ob. cit.), la
imposición de una ética
organizacional, en la asignación de
tareas menores a los nuevos
empleados, mientras aprenden a
cuestionar su conducta, creencias y
valores previos, para poder asimilar
los valores de la empresa que los
acoge, en su afán de competitividad.
Por el contrario, la ética en la
gerencia de las organizaciones, debe
orientarse con la participación de