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Además, las sociedades que, a
lo largo de los dos últimos siglos, han
encabezado el desarrollo mundial se
convierten en economías basadas,
fundamentalmente, en el
conocimiento, que se sustentan de
forma siempre más directa en la
creación, la difusión y el uso masivo
de nuevos conocimientos. Son,
asimismo, sociedades en las que el
ritmo de innovación ha tenido,
especialmente desde los años
setenta, una notable aceleración, lo
cual repercute en todas las
dimensiones de la actividad social.
El impacto que estas
transformaciones tienen en las
formas de producir, en las formas de
consumir, en las formas de aprender
y, por supuesto, en las formas de
pensar es, sin duda, muy profundo,
aunque, en muchos aspectos, su
alcance no sea aun suficientemente
claro y sus consecuencias
económicas y sociales no se
muestren plenamente definidas. En
este contexto de cambio, las
capacidades de aprender, sean de
los individuos, sea de las empresas e
instituciones, constituyen el
fundamento principal de las
sociedades modernas.
Sus resultados no residen tanto
en su propia base de conocimiento o
en sus capacidades de acceso a la
información, cuanto, en la habilidad
de sus agentes económicos de
adaptarse, rápida y adecuadamente,
a las nuevas condiciones y
oportunidades que promueve dicho
cambio. Conocimiento, innovación y
capacidad de aprendizaje son pues
los tres aspectos complementarios
del desenvolvimiento actual de las
sociedades avanzadas.
Por consiguiente, en este
proceso complejo de cambio
estructural de las sociedades
modernas se puede destacar, al
menos, una dimensión: la generación
de nuevos avances científicos y,
especialmente, la difusión de nuevas
tecnologías, singularmente, las
tecnologías de la información y de la
comunicación (TIC); esto hace que el
proceso de informatización de las
empresas se esté convirtiendo en un
hecho cada vez más necesario. La
disminución de los costos de los
equipos, junto con los beneficios