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AÑO 2020 N° 3 SCIENTIARUM
Autor: Alexis Crespo
crespoucla@gmail.com
RESUMEN
El presente ensayo de carácter argumentativo, aborda
el tema de la disonancia en la conducta social del
hombre, cuya orientación propositiva fue realizar un
análisis sobre cómo los seres humanos pueden
interpretar la corrupción, hasta el punto de aceptarla en
determinadas situaciones, de allí que se hizo referencia
a los orígenes de la misma desde un punto de vista
genético y social, pensada y procesada por nuestro
cerebro. Se reflexiona en torno a saber la corrupción es propia de la especie
humana, o quizás tenemos una propensión genética a realizar dichos actos, o por
el contrario; es el resultado de una adaptabilidad que realiza el individuo al
desenvolverse en ambientes corruptos. La presente producción escrita, se
desarrolló sobre la base de apartados interconectados en el marco de la disonancia
en la conducta social del hombre: la corrupción, característica inherente al ser
humano o producto del contexto social; la corrupción y las disfunciones en los
procesos cerebrales; la desconexión moral; la corrupción y su aceptación en la
sociedad; y la postura conclusiva del tema. Para concluir, se interpretó que los
individuos nacen con una propensión a la corrupción, no obstante, con el pasar de
los años los usos y convencionalismos sociales a los cuales están expuestos, junto
con las experiencias adquiridas, van desarrollando un andamiaje cognitivo que
regula su conducta y activa el hecho de interactuar en sociedad.
DISONANCIA EN LA CONDUCTA
SOCIAL DEL HOMBRE
PALABRAS CLAVE:
Corrupción, Conducta,
Sociedad, Cognición,
Moral.
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AÑO 2020 N° 3 SCIENTIARUM
DISSONANCE IN MAN'S SOCIAL CONDUCT
Author: Alexis Crespo
crespoucla@gmail.com
Research Line: Man, Management and Its Trends in the Knowledge Society
ABSTRACT
This argumentative essay addresses the issue of dissonance in man's social
behavior, whose purposeful orientation was to carry out an analysis on how human
beings can interpret corruption, to the point of accepting it in certain situations, hence
referred to the origins of it from a genetic and social point of view, thought and
processed by our brain. It reflects on whether corruption is typical of the human
species, or perhaps we have a genetic propensity to perform such acts, or on the
contrary; it is the result of an adaptability that the individual performs when operating
in corrupt environments. The present written production was developed on the basis
of interconnected sections within the framework of dissonance in man's social
behavior: corruption, an inherent characteristic of the human being or a product of
the social context; corruption and dysfunctions in brain processes; the moral
disconnect; corruption and its acceptance in society; and the conclusive position of
the subject. To conclude, it was interpreted that individuals are born with a propensity
for corruption, however, as the years go by, the social practices and conventions to
which they are exposed, together with the experiences acquired, develop a cognitive
scaffolding that regulates their behavior. conduct and activate the act of interacting
in society
Key Words: Corruption, Behavior, Society, Cognition, Moral.
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INTRODUCCIÓN
Cada vez somos testigos de
episodios decepcionantes, que
involucran funcionarios o personas
que, por estar en una posición de
responsabilidad pública institucional,
desarrollan un entramado de actos
inaceptables o repudiables, con el fin
de favorecer intereses individuales
en desmedro del bien común,
dejando a un lado las normas éticas
que alguna vez nos inculcaron y que
hoy en día, sólo sobreviven en las
páginas o escritura de una
legislación casi olvidada. Mi
desempeño como funcionario
público, específicamente en el área
del control fiscal, me ha dado la
oportunidad de conocer, observar y
detectar actos de corrupción, donde
ciertos funcionarios administrativos
haciendo uso del poder se
enriquecen, ya sea a través de la
ejecución de acciones, la recepción
de sobornos, concierto con
contratistas, tráfico de influencias,
desvío de recursos, entre otros.
He ahí la problemática en la
lucha contra la corrupción, pues es
un fenómeno de múltiples facetas,
cuyo origen va más allá de la simple
infracción de los patrones legales y
representa una confrontación de lo
que realmente hace en su trabajo y
lo que debería pensar y ejercer cada
individuo, en contra de los
estándares morales de la sociedad.
Ver los actos de corrupción, como
acciones íntimamente ligadas al ser
humano, nos permite establecer que
la mejor forma de atacarla es
comprendiendo el por qué se
realizan dichos actos, qué factores o
elementos inciden o determinan el
origen de los mismos; comprender la
dimensión moral de la persona
desde un punto psicológico,
sociológico, económico o de
cualquier otro tipo.
Entender cómo funciona
nuestro cerebro y cómo se ve
influenciado por la interacción social,
es el primer paso para conocer los
intereses, formas de actuar y pensar
de cada persona. En este sentido, el
análisis a la situación descrita entra
a formar parte de la neurociencia
para conocer cómo funciona nuestro
cerebro, permitiendo conocer el
origen de las formas de actuar de
cada individuo, revelar las razones
que dan pie para que se corrompa y
el estudio de los factores endógenos
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y exógenos que le alientan a realizar
actos fraudulentos, ilegales y no
éticos.
Las sociedades, desde las
voces de sus especialistas, se
esmeran en explicar tales
acontecimientos apelando al tema
ético, social, político y cultural; sin
embargo, la situación es mucho más
compleja de lo que parece. El
contexto hasta acá presentado me
lleva a formular la siguiente
inquietud: ¿Cómo interpretar a la
corrupción desde la condición
humana? ¿Cuáles son los elementos
de la corrupción socialmente
construidos? Estas premisas se
generan el presente ensayo
argumentativo, en miras a
comprender estos actos de una
forma más cercana, dejando en un
segundo plano que los actos de
corrupción sean de carácter de
exclusivo al poder ejercido por
ciertos cargos.
LA CORRUPCIÓN: ¿INHERENTE
AL SER HUMANO O AL
CONTEXTO SOCIAL?
La esencia de la corrupción, es
la obtención de un beneficio
individual por encima del interés del
colectivo, haciendo uso desmedido
de los recursos de éstos; por ello, la
característica que pareciera ser
única de los seres humanos, no lo es
como tal, y esto lo avala un estudio
de Tetsuro Matsuzawa citado por
Herreros (2013) donde se revela que
el comportamiento corrupto no es
inherente al ser humano, ya que
existen especies de animales como
los chimpancés que han demostrado
conductas corruptas ante sus
similares, robando el alimento que
otros han almacenado. Por otra
parte, una investigación llevada a
cabo por Hughes (2008) estableció,
que las hormigas machos aplican
prácticas corruptas, diseminando
astutamente su esperma en distintas
colonias para que los descendientes
se conviertan en reinas
reproductoras y no en simple
obreras.
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El tema ha sido ampliamente
abordado, desde la perspectiva
social, pero poco desde el punto de
vista del sistema nervioso como
rector de la conducta que nos hace
cometer estos actos. Con la llegada
de la neurociencia, se han abierto las
puertas para entender mejor este
fenómeno, permitiendo reconocer
que los actos de corrupción afectan
nuestro cerebro, debido a que
implica un gasto para los sistemas
neuronales generado por la
incomodidad que produce en
nosotros. Un estudio llevado a cabo
por Garrett (2016), ha demostrado
que al observar actos deshonestos
se activan áreas del cerebro que
podrían estar asociadas a
desórdenes de la conducta, tales
como la amígdala, la ínsula, cortezas
prefrontales, ventrales y temporales;
aunado a ello, Valdés (2006)
manifiesta que existen regiones
cerebrales asociadas con el control
de la conducta, la personalidad, la
memoria de trabajo y en funciones
cognitivas superiores, por lo que
cualquier alteración en ésta,
explicaría el porqué de conductas
antisociales.
El estudio de Garrett (ob. cit),
también señala que las personas
perciben la deshonestidad como
moralmente incorrecta y reportan
malestar cuando se involucran en tal
comportamiento, sin embargo, la
exposición repetida a estos actos
hace a la señal de la amígdala más
sensible al historial de este tipo de
comportamiento, situación
consistente con un proceso de
adaptación y aceptación por parte
del cerebro a la deshonestidad,
generando una espiral en aumento
de este tipo de actuaciones,
convirtiendo las pequeñas
desviaciones en un código moral,
que podría escalar a desviaciones
con consecuencias potencialmente
dañinas si no se controla.
Lo mencionado por el citado
autor, hace pensar que no hay
persona que pueda resistirse o ser
parte de un acto corrupto, y por
ende, a cometer actos de corrupción.
Sin embargo, existen dos posiciones
científicas que tratan de explicar un
poco más dicha situación; la primera
señala, que la propia forma de ser de
las personas puede acrecentar la
propensión para cometer actos
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corruptos, puesto que aquellas muy
individualistas y con baja empatía
son más vulnerables a realizar este
tipo de actos, tal y como lo reseña el
Psiquiatra y Neurocientífico Eduardo
Santamaría, citado por Ojeda (2018),
el cual refiere que las personas con
una alta individualidad, que piensan
continuamente en recompensas
propias son más susceptibles a
cometer actos de corrupción.
La segunda posición y en
contraposición a la primera, indica
que los actos corrupción están más
movilizados por el contexto social; en
otras palabras, que este mal
pareciera estar modificado y
modulado por aspectos sociales en
un aspecto más elevado en
comparación a los factores
individuales. Se establece que el
entorno social incide en el auge de
los delitos de corrupción, puesto que
en sociedades donde los actos
contrarios al deber ser son vistos
como parte de la cultura o de
creencias compartidas, los mismos
se aceptan como normales y hasta
son tolerados. Al respecto Custodio
(2017) señala; que el
comportamiento humano se ve
afectado por factores biológicos,
psicológicos, culturales y sociales.
Los pensamientos, sensaciones y
comportamientos del individuo en
sociedad se ven influenciados por la
presencia real o imaginaria de otros,
cuya alteración genera una conducta
inmoral y luego corrupta.
CORRUPCIÓN: DISFUNCIONES
EN LOS PROCESOS
CEREBRALES
La decisión de ejecutar
cualquier acto, implica la activación
de un conjunto de circuitos
cerebrales, ya sea para tomar una
buena o mala decisión, o en la
activación de recuerdos con base a
la experiencia de decisiones
tomadas, tal como lo explica
Stephanie Groman, científica
investigadora asociada a la
psiquiatría, citada en El Comercio
(2019), la cual hacer ver que las
alteraciones en estos circuitos por
deficiencias mentales explicarían por
qué las personas pueden continuar
tomando malas decisiones aun
cuando hayan tenido experiencias
negativas repetidas. Adicionalmente
a esto, Cardona (2015) resalta que
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una disfunción cerebral generaría en
el individuo la incapacidad de
autoregularse tanto en palabras
como acciones, reflejando un
comportamiento poco común que lo
lleva a tomar decisiones social y
culturalmente inapropiadas.
La toma de decisiones requiere
interacción de varias regiones del
cerebro, siendo precedidas por
estímulos o señales emocionales,
que implican una respuesta
anticipatoria a los mismos. Sin
embargo, aquellos individuos con
problemas o alteraciones en las
áreas del cerebro involucradas en
este proceso serían incapaces de
reconocer estos estímulos,
conllevándolos a tomar
frecuentemente malas decisiones,
aun a sabiendas que es la elección
incorrecta. Al respecto Custodio
(ob.cit) señala, que las personas con
alteraciones en su corteza prefrontal,
pueden tener conocimiento que es
correcto e incorrecto, pero al
momento de tomar la decisión de
hacer algo, fallan en hacer lo
correcto.
Si bien es cierto, las personas
con algún problema cerebral, ya sea
por lesión o por algún mal
funcionamiento genético del mismo,
pueden cometer actos contrarios al
deber ser o a los preceptos morales
establecidos por cualquier sociedad,
dada a la incapacidad de sentir
empatía, culpa o algún
remordimiento, no es menos cierto,
que dichos actos, también pueden
ser cometidos por personas con
sentido de la moral, más aún, tienen
la capacidad de justificar la
realización de dichos actos para así
sentirse bien consigo mismo.
DESCONEXIÓN MORAL
Cuando un individuo no
presenta coherencia entre sus
pensamientos y las acciones que
realiza, se estaría en presencia de la
disonancia cognitiva, que según
Festingeri (1959), es un estado en el
cual las personas entran en un
conflicto psicológico, cuando no
existe consonancia entre su
comportamiento y sus creencias. En
ese momento, los individuos a fin de
reducir su conflicto interno, se
adentran a lo denominado un sesgo
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confirmatorio, como un mecanismo
para tratar de justificar sus acciones
corruptas, y así buscar la aprobación
de las mismas por parte de la
sociedad. La autojustificación de las
conductas deshonestas, según
Bonavia (2017), son mecanismos
comúnmente utilizados por las
personas para mantener su
autoconcepto; es decir, para cuadrar
sus principios éticos dentro de
ocasionales conductas impropias.
La resolución a esta situación
de conflicto entre nuestro hacer y
nuestro pensar, hace que las
personas utilicen mecanismos de
desactivación de los sentimientos de
culpa que se originan por esta
disociación. Al respecto, Bandura
(2002) señala que durante el
desarrollo la conducta va siendo
socialmente reforzada o castigada;
lo que permite adquirir un sentido de
la ética y la moral, que nos conducirá
a comportarnos de forma coherente
con los valores que hemos
interiorizado a lo largo de nuestra
vida. Sin embargo, cuando las
personas cometen actos contrarios a
los valores y normas asimiladas por
conveniencia, conformismo o
simplemente por supervivencia,
entran en un estado de conflicto
entre lo que hacen y lo que piensan,
generando una tensión y malestar
interior ante su propia actuación, en
otras palabras, en un conflicto moral.
En el momento que existe una
ruptura fuerte entre la actuación con
respecto a nuestra creencias y
valores, se produce lo que Bandura
(ob.cit) denomina una desconexión
moral. Ante esta situación, el
individuo emplea diferentes
mecanismos que le permiten
legitimar la acción realizada, a pesar
que la misma vaya en contra de su
sistema moral, desactivándose la
autorregulación y la censura moral,
hasta convertir estos elementos en
algo irrelevante y justificable para la
persona que ejecuta el acto corrupto.
Esta desvinculación moral va
aumentando progresivamente en el
transcurrir del tiempo, de tal manera
que poco a poco, se van aceptando
más y más conductas semejantes,
que en un principio hubiesen sido
consideradas inmorales o antiéticas.
Esta teoría desarrollada por
Bandura (ob. cit.), establece que la
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interacción conducta y pensamiento,
se ve profundamente afectada por
factores ambientales, personales y
conductuales, siendo la moral
afectada por la cognición, la emoción
y las correlaciones sociales. La
teoría de la desconexión moral,
señala que las personas para
resolver la disonancia cognitiva
generada por la acción de actos
inmorales o corruptos, desarrolla un
conjunto de mecanismos que
generan un sentimiento de paz
interior, entre los que podemos
mencionar: La justificación del actor
inmoral, el cual consiste en
reconstruir cognitivamente el acto
corrupto al interpretarlo como una
acción beneficiosa para alcanzar
objetivos morales aceptados por la
sociedad.
Esta concepción se basa en
darle a la acción corrupta una
justificación utilitaria que legitime la
acción, el tratar de restar importancia
a la acción corrupta al compararla
con otras acciones más graves
cometidas por otros. Así también, la
negación y rechazo de la
responsabilidad individual;
mecanismo a través del cual, el
individuo que ha cometido el acto
corrupto, manifiesta que su intención
no era la de lastimar a nadie. El
individuo se justifica con base a que
las circunstancias que lo llevaron a
cometer el acto corrupto o inmoral
son ajenas a él. La persona desea
deslastrarse de la responsabilidad
del acto aduciendo causas externas,
las cuales lo conllevaron a la
ejecución del mismo, restando
importancia al acto per se alegando
que todas las personas hacen lo
mismo.
Por su parte, la negación y
rechazo de las consecuencias
negativas, se fundamenta en que al
final, las consecuencias del acto
corrupto no lastimaron o
perjudicaron a nadie. Del mismo
modo, la negación y rechazo de la
víctima, en la cual el individuo que ha
cometido el acto corrupto o inmoral,
responsabiliza a la ctima,
atribuyéndole la culpabilidad de la
acción. Esto conlleva a que el
ejecutor del acto corrupto no sienta
culpa, y por el contrario justifica su
acción como necesaria.
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Vemos que la teoría de
Bandura (ob.cit), aporta un marco
para tratar de entender cómo
individuos o personas normales,
ejecutan y justifican los actos
corruptos desarrollados por éstos.
Señala este autor, que la
desconexión moral es un proceso
bidireccional que se desarrolla en
dos momentos, el primero
caracterizado por la legitimación del
acto corrupto ante uno mismo y el
grupo social del cual forma parte; y
luego, de ser efectiva esta
legitimación, la superación del
estado de disonancia cognitiva
desarrollado por haber cometido el
hecho o acto de corrupción.
ACEPTACIÓN DE LA
CORRUPCIÓN EN LA SOCIEDAD
Si a lo antes expuesto
sumamos, que tradicionalmente en
algunas sociedades se conciben las
conductas y comportamientos
corruptos como normales, e incluso
como positivas para el desarrollo de
la economía, la situación tiende a
agravarse. Al respecto Guillén
(2016) señala que en muchos países
la corrupción se asume como una
parte de la vida diaria y del desarrollo
normal de las instituciones, lo que
produce una alta tolerancia social
hacia este tipo de actos, aceptando
la ilegalidad generalizada e
incorporándolo como parte de la
cultura de un país u organización.
Una sociedad puede llegar a
una situación de corrupción
generalizada cuando la decisión de
no cooperar, se convierte en el día a
día de ésta, aun cuando dicho
escenario vaya en perjuicio de todos.
La corrupción se retroalimenta,
señala Berenguer (2020) al
aumentar la percepción de
permisividad de la misma; en tanto,
se incentiva o estimula que otros
incurran también en prácticas
corruptas; es decir, se instaura la
creencia que ésta forma parte de las
reglas de juego y que no hay manera
de hacer negocios sin incurrir en
corrupción.
Es así, como una sociedad
cuyo ordenamiento jurídico no
castigue severamente las conductas
corruptas, envía un mensaje a la
impunidad y al favorecimiento de la
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cultura de la corrupción. Para Carpio
(2013) la corrupción comienza con la
idea de cometer una infracción una
sola vez, pero si sale bien y no es
descubierto, hay un incentivo para
incurrir de nuevo en esa conducta.
Desde un punto de vista psicológico,
podría esta conducta relacionarse
con una adicción, donde administrar
el dinero público puede ser una
tentación incontrolable para algunas
personas en determinadas
situaciones, donde las mismas
comienzan por la ejecución de
pequeñas acciones corruptas que de
no ser detectadas los conlleva a
ejecutar actos mucho más
importantes.
Los seres vivos tenemos un
libre albedrío que nos hace
responsables de nuestras acciones,
actuamos apegados a las normas
que nos dicta la sociedad; pero si la
misma no exigen el cumplimiento de
sus preceptos morales, y no
sancionan a quienes infrinjan la
ética, moral y buenas costumbres;
cada individuo tenderá a naturalizar
el delito y los actos inmorales,
propiciando un ambiente idóneo para
la corrupción. Si, por el contrario, tal
y como lo afirma Carpio (ob. cit.), se
cambiarán las reglas del juego, y se
transformará la sensibilidad hacia la
corrupción, los costos serían
mayores para el corrupto y de esta
manera, se comenzaría a disminuir
la presencia de este tipo de actos en
la sociedad.
POSTURA CONCLUSIVA
Al interpretar que los individuos
nacen con una propensión a la
corrupción, no obstante, con el pasar
de los años los usos y
convencionalismos sociales a los
cuales estamos expuestos, junto con
las experiencias adquiridas, van
desarrollando nuestro andamiaje
cognitivo que regula la conducta y
activa el hecho de interactuar en
sociedad, por lo que un
desmoronamiento de valores, tal y
como lo expresa Vergara (2020),
afectaría gravemente la
conservación y presencia de la
cultura, lo cual supone la decadencia
de los fundamentos y el sentido
fundador, orientador y ordenador de
la existencia del hombre.
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El camino que lleva a la
corrupción, está precedido por una
combinación de factores, que van
desde un mal funcionamiento del
cerebro, ya sea por factores
genéticos o productos de alguna
lesión, pasando por la personalidad
del sujeto y los entornos que
proporcionan o facilitan este tipo de
hechos. La presencia de alguno de
estos elementos o la combinación de
ellos, hace que el individuo una vez
superado el temor a un posible
castigo, aunado a una impunidad en
la ejecución del hecho delictivo,
genere un esquema moral con base
al interés personal, donde se
antepone el beneficio individual
sobre el colectivo.
Por lo tanto concluyo que el
punto de partida para tratar de
entender el fenómeno de la
corrupción, se proyecta en el
horizonte abierto de sensibilidades
de la persona humana y social,
cuestión que ha de seguir siendo
abordada en profundidad, para
desgranar los orígenes de la misma.
El cambio de cultura alienta y
promueve actitudes que coadyuvan
la adopción de la integridad y la
honestidad como valores que
permitan construir una sociedad
donde se promueva el beneficio de
todos.
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